jueves, 2 de agosto de 2012

En Los Bordes De Un Agotamiento



Santiago egresó del jardín de la sala de 5 años hace cuatro años, allá por  el año 2007.  Entonces tenía cinco, cumplidos. Era un niño delicioso, inteligente, espontáneo pero muy revoltoso, de esos con los que es difícil conversar. Jugaba, se divertía y también pensaba solo. Su tiempo, era distinto a los demás, a la clase en general.
 A lo largo de todos esos meses en que Santiago estaba inestable dialogamos mucho con él, siempre le proponía  pensar qué le estaba pasando, también le ponía límites y le decía "esto no puede ser así", pero muchas veces también me detenía  a jugar con él. Si realizaba algo fuera de lo “normal”, no siempre le respondía, otras, si observaba  que estaba demasiado contrariado, no le exigía integrarse al grupo.
Día a día nos sorprendía con sus posturas, se sentaba atrás solo y desde allí en forma impulsiva, en medio de mi clase, decía:” no hagan chicos eso, es una Bolu….., no la escuchen  y con unos sonidos desarticulados como un la la la la la la la la la la la, simulando un canto pensaba  seguramente que así no podrían los otros alumnos escuchar a la seño.  Otras veces, comentaba en voz alta: ¡no hagan, no hagan eso o aquello, o tal cosa ,la seño no sabe,  la seño no sabe, uh uh uh uh.
 Llego un momento que estaba muy agotada, cualquier situación de trabajo que planteaba era motivo para desafiarme. Contrariando mis intervenciones, generando ruidos que molestaban la clase que tenia organizada, creaba un clima de desorden que anulaba mi propuesta.
Hasta allí llegué.
Consulte estos estados de Santiago con un Profesor del Jardín y compartía mis observaciones. Había coincidencias en nuestras opiniones a cerca del niño. Su rapidez, el modo de actuar, la capacidad de respuestas, su constante no querer seguir el ritmo del grupo. Teníamos informes y datos de años anteriores  sobre él y los mismos decían que le fue imposible a las docentes compartir el aula con Santiago.
Busqué y revisé todos los antecedentes de su historia escolar y solo había reclamos del modo en que éste niño se manifestaba en los momentos escolares, casi igual o más acentuadas las formas de compartir con violencia.
En los informes habían juicios y apreciaciones  con resultados poco saludables, en  relación a los  parámetros deseados para las docentes, en función a  los propósitos anuales.
En estos archivos observé reiterados reclamos hacia sus tutores  que tenían que ver con  las actitudes y comportamiento de su hijo
Con este profesor pensamos que Santiago era un niño distinto y hasta lo calificamos de índigo. Nada lo sorprendía, todo era aburrido y él ya lo sabia, pensaba en voz alta, leía todos los textos, resolvía cualquier situación hasta la más difícil y para colmo nos desacreditaba ante el resto de los alumnos.
Fue así que me dispuse hablar con su familia. Unos padres jóvenes, separados en su relación matrimonial, con tenencias acordadas durante el fin de semana. En los encuentros con su padre, el niño recibía recompensas materiales en exceso.
Le comente a su mamá, como se manifestaba Santiago, en que podía colaborar ella para que modificara su actitud y que me estaba irritando fuertemente. Entre esos relatos, del hacer de Santiago,  de todos los días, le dije:…”Mami no atiende, no realiza sus producciones, permanece molestando y no queda quieto. Pero hay algo que tengo que informarte: es muy inteligente, rápido en sus respuestas, sabe leer y hasta contar”. “¿Cómo es posible que siendo así, moleste y no quede quieto? ¿Podrás ayudarme y pedirle a tu manera que cambie su comportamiento?
Luego de esta conversación con la mama de Santiago, después de un fin de semana largo, pasaron unos días. Así  fue que:
Un día en el aula, encontré a Santiago sentado en su mesita y al  saludarlo, como nunca me contestó y allí quedó el resto del día sin ni siquiera ir al baño, jugar  y sin gozar en el patio como lo hacia habitualmente.
Y pasaron varios días en los que el niño seguía con esta misma actitud. Una reacción distinta a la que estaba acostumbrada hasta ese dia, en su estadia en la sala y en los otros lugares comunes. 
 Fue entonces que todas aquellas cosas que le había exigido  las estaba viviendo reflejadas pero él no era  el mismo niño. En esos momentos me llenaba de preguntas: ¿Por qué ese cambio? ¿Por qué a mí no me hacia feliz? ¿Por qué esta nueva situación me provocaba el deseo de fugar?
Estaba tendida hacia un sentido posible, que entonces no emergería inmediatamente, por eso  pensé "¡qué chico rebelde!" o "este chico necesita límites" como alternativas definitivas.  Trate de estar a la escucha me movía a la orilla del sentido, en el que se manifestaba Santiago, aunque  no encasillaba  esas posibilidades de interpretación. Entonces parecía interceptada por una encrucijada de supuestos que ya no sentía como válidos y eso se lo transmitía a él.
Fue así que empecé a pensar si nuestra actividad diaria, a partir de los parámetros deseables, condicionaba la actividad y en realidad  ¿cómo hacía para involucrarme con la situación que ya se manifestaba como un  problema y buscar alguna solución? ¿Por qué no respetaba los procesos de cada alumno? y también ¿Cómo trabajar con estos niños?
Santiago cambio y fue el motor para que los docentes hiciéramos un alto y decidiéramos iniciar la búsqueda de la reflexión hacia nuevas estrategias que permitieran modificar el discurso pedagógico y los modos de intervención en el aula. En la búsqueda de información sobre pensar en Santiago como   un niño índigo encontré esto que cito:
“Hoy el modelo de  enseñanza es siempre impuesto, sin mucha interacción, sin escuchar y sin la participación de los alumnos. Este modelo es simplemente incompatible con los Índigos, siendo por lo tanto el mayor conflicto, muchas veces superior al que hay con la familia, principalmente por la falta de vínculos afectivos y amor. Como los Índigos poseen una estructura mental diferente, resuelven problemas conocidos de una manera diferente, más allá de encontrar formas diferentes de razonamiento que sacuden el modelo educativo actual. También pude ver que:
Algunos de los patrones de comportamiento más comunes de este tipo de niños se expresan así
·       Ellos vienen a este mundo con un sentimiento de realeza (y frecuentemente se comportan de ese modo).
·       Ellos tienen la sensación de "merecer estar aquí" y se sorprenden cuando otros no comparten eso.
·       La autoestima no es para los niños índigo un gran tema de preocupación. Con frecuencia les dicen a sus padres "quiénes son ellos".
·       Ellos tienen dificultad en aceptar una autoridad absoluta sin ninguna explicación y sin alternativa.
·       Ellos simplemente no harán ciertas cosas; por ejemplo: esperar en una fila es muy difícil para ellos.
·       Se frustran con sistemas rituales que no requieren pensamiento creativo. (“Los niños índigos” autor Lee Carroll y Jan Tober - Mayo de 1999)
Tal vez este rumor de la creatividad,  que fuertemente lo marcaba Lee Carrol,  movilizó nuestras propuestas pedagógicas para colocarlas del lado de lo sorprendente y dejar que este niño sea motor, es decir movilizante. Sí, para aprovechar su intervención y ubicarlo en papel de líder y promotor de dinamismo en el aula, en  interacción con el hecho de enseñar y aprender con sus pares.  
Estas características descriptas sirvieron para que me decidiera y acordara con el Profe de educación física usar algunas estrategias para potenciar las capacidades de Santiago.
Entonces comenzamos a repensar nuestra práctica y la propuesta pedagógica alrededor de: Hay que buscar qué enseñarles y cómo enseñarles, esos contenidos pedagógicos que marca el currículo, para aprovechar al máximo las capacidades que traen los niños. Ese suele ser el desvelo que  muchos maestros deberíamos tener, la idea de la permanente reflexión y el encuentro con el otro que enseña. La pregunta que retorna es ¿Sólo poniendo foco en la enseñanza generaremos mejores oportunidades de desarrollo para estos niños pequeños?
"Mirar  es un gesto hacia adentro, no hacia afuera", decía Juarroz.  
Me resulto especialmente rico analizar de esta manera mis propios modos de relación continente, es particularmente a través del vínculo creado  entre el adulto (padres, docentes) y el niño, que  puede volverse capaz de digerir e internalizar experiencias.
  En el caso del trabajo con los niños y cualquier alumno; pensando y analizando en situaciones de gran introspección, y nos  ayudo mucho a transformar modos de intervención.
Pero también podríamos extenderlo a la relación con cualquier niño, independientemente de su edad, cuando nos pensamos como acompañantes capaces de alojar sus preocupaciones, de envolvernos en una relación vincular con nuestros alumnos, con nuestros equipos de trabajo. ¿Cuánto somos capaces de alojar? ¿Cuánto rechazamos y qué efectos tiene ese patrón de relación en los niños y con los otros?
Podría decirlo de un modo más suave: se agotó la experiencia escolar fundada en el dispositivo pedagógico actual en donde: se  reproducen operaciones de modo eficaz  a la veloz realidad del mercado, tal vez esta afirmación sea la que fuertemente atravesó mis cuestionamientos, tal vez por la experiencia  que me envolvió.
 Lo vivido con Santiago pudo marcar y me ayudo a pensar  que: derechos, opinión, consumo, información son realidades compartidas. La verdad, lo que se necesita son realidades compartidas y no meras experiencias que favorezcan el aprendizaje, en forma aislada sin pensar en  colectivo
Entonces coincidimos en los ricos recursos que Santiago poseía, en cómo lo salvaba esa capacidad de pensar.
La claridad de un niño de cinco años nos advirtió que la mejor educación no está necesariamente relacionada con las horas extras de matemática o computación, sino con la vincularidad, con la capacidad de escucha, con el poder ser uno distinto. Alrededor de todo esto surgía que:
¿Cómo escuchamos a los niños pequeños?
Si utilizamos las mismas respuestas para todos los niños, probablemente haya algo de la escucha que nos está fallando, porque entonces estaremos haciendo una "unificación" del sentido.
Los niños son ambiguos, decía Graciela Montes, los seres humanos en general lo somos. ¿Cómo convertirnos en seres entregados a la escucha? ¿Qué deberíamos escuchar para garantizarles a nuestros niños buena compañía, buenos aprendizajes?
Para llegar al fin, les dejo estos pensamientos muy precisos
“Sino niños con derechos, enanos con una lucidez sorprendente, bellas y seductoras imágenes mediáticas. Correlativamente, los adultos hemos dejado de ser los que sabemos sobre la infancia, para devenir sujetos interpelados por el veloz pensamiento infantil. Fin de la pedagogía. El tiempo de la postergación, la promesa de ser alguien en el futuro, ha dejado de ser la temporalidad de la infancia”. (Cristina Corea , Semiologa graduada en Lic en Letras;UBA)


ANA MARGARITA ESCOBAR
ESCUELA NORMAL SUPERIOR MANUEL BELGRANO / Santiago del Estero






“Yo tengo un Bart Simpson en mi sala”



“Aprendí a Mirarme”


Esta experiencia de sala  considero que  tal vez no sea algo novedoso, pero sí algo que las maestras jardineras debemos recuperar.
Entonces era maestra de alumnos de 4 años, y  a medida que pasaban los meses observaba al grupo de alumnos de   3 años que su maestra era  una de las compañera del Jardín, los miraba bastante inquietos, molestos algunos, y entre los niños sobresalía un niño que se llamaba José . No obedecía, agredía a sus compañeros, con bastantes  berrinches, y me llenaba internamente de  este pensamiento:” ¡Ojala que ese grupo de niños no  sean mis alumnos en el siguiente año.
Comenzaba  el nuevo año escolar, en el mes de marzo cuando recibí el listado de mis alumnos y entre ellos estaba, José, un poco resignada acepte a ese niño.
Al comenzar las clases, estaba nerviosa, ansiosa, a pesar de mi experiencia, y me preguntaba: ¿Cómo será el nuevo grupo de alumnos?
Recibí a los alumnos con muchas expectativas y con el correr de los días me fui dando cuenta de que iba a ser un año difícil, de mucho esfuerzo.
El grupo de niños, en general, era muy inquieto y con dificultades de integración. Había cuatro niños que no acataban consignas, tenían problemas al compartir juegos, materiales y actividades. No había grandes problemas de aprendizaje, pero sí de desorden en los momentos de actividades cotidianas y de trabajo grupal.
Uno de los niños, José, de cabellos rubios, ojos negros, de piel blanca, era el que presentaba más dificultades: no se adaptaba al Jardín, ni al grupo, hablaba mucho, se movía constantemente, salía de la sala,  no participaba en las actividades. Actuaba con mucha agresión con los compañeros y siempre estaba enojado. Nada llamaba su interés. Solo, a veces, realizaba construcciones y dibujos que eran muy creativos.
Entonces, este cuento que es mi cuento y pasó en el Jardín, yo te lo cuento:
Un día entré a la Sala y me encontré con los alumnos de siempre: los cariñosos, los tímidos, los revoltosos, los curiosos y también, con José, el “malo del Jardín”, como decían sus compañeros.
 Fue así que en esa etapa pensaba que con mis 22 años de experiencia docente no podía bajar los brazos ante este  niño y empecé a buscar estrategias para poder captar su atención. Como ser, le dije que el seria mi secretario, resulto los dos primeros días pero volvió a ser el mismo de siempre También, les propuse , como otra posibilidad, confeccionar con todos sus compañeros un código de convivencia lo que esta bien y lo que esta mal, pero al poco tiempo, tampoco resulto.
Y Pasaron  y pasaban los días, cada mañana al levantar no tenia la alegría de ir a trabajar y a veces sentía que quería huir de la realidad que estaba pasando, sentía que bajaba los brazos y comencé a pedir auxilio. al gabinete psicopedagógico y a mi directora. Entonces solicite  a la Psicopedagogo que dictara una charla a los padres  de esta salita sobre Limites, la cual me solicita que realice un Informe de los temas que ella expondría   en la Charla.
Realizamos un listado, se fija una fecha para que  asistan los padres
El día de la charla, los padres de los compañeros de José  se quejaron sobre la agresividad de José hacia sus hijos de denunciando  cuan malo era este niño. Pero en realidad yo no lo escuche esto  (me comento la docente celadora que estaba presente en la charla).
A los días el padre, se presento en el jardín para hablar conmigo y me comento que estaba separado de la mamá, ese comentario fue de gran asombro, porque no estaba enterada, además me pregunto:¿ Mi hijo es Bid laden para los demás padres?, me sorprendí y al mismo tiempo me dolió esa expresión y le dije porque decía así. En ese momento entendí el dolor que sentía por su hijo, que todo era reclamos y reclamos de los demás hacia su hijo.
Lo único que atine a decir fue por favor señor no diga así, no se sienta mal, en ningún momento piense, que los otros padres piensan de esa forma.
Después de conversar un largo rato sobre su hijo, trataba imperiosamente y esforzándome  que entendiera lo que estaba pasando Y al final, por lo menos, me quedo la tranquilidad que este papa se fue del jardín un poco mas tranquilo .
Al siguiente día la directora me llama para conversar sobre mis alumnos y decirme que a ella no le interesa lo pedagógico y que lo único que le importa es que los niños se porten bien.
No, le conteste. Salí muy molesta con ella por lo que me había pedido y cuando volvía a casa me pregunté: ¿Qué puedo hacer? ¿Qué debo cambiar? y en ese momento sentí en lo profundo de mi corazón que no tenia que bajar los brazos y cumplir con la tarea que me compete que es de enseñar a mis alumnos.
Al otro día, cuando llegue al jardín, me di cuenta que la que tenia que cambiar era yo. Entre a mi sala y en ese momento llego José  y me dijo ¡Hola Seño ¡ me arrime lo abracë (cosa que no se dejaba hacer, le molestaba el contacto) , y le di un beso, sentí allí la necesidad de hacerlo, el me miro y me abrazo fuerte.
Al pasar los días note cambios, que me sorprendían cada día ,José sonreía y conversaba con sus compañeros. Había hecho muchos dibujos, trabaja y muy creativos. De a poco, empezó a compartir otras tareas y a relacionarse con algunos compañeros. Los otros niños empezaron a jugar con él y a tenerlo en cuenta en distintas actividades. José, encontró su lugar... ¡Y hasta que un día me pregunta, abrazándome,  ¿Seño si me porto mal vos no me vas a querer? Y le pregunte ¿Quién te dijo eso? , y el me contesto mi mamá, y le conteste , tu mamá esta equivocada, yo siempre te quise y siempre te querré, a veces hasta los grandes nos portamos mal.
Tenia una sonrisa tan grande y me abrazo.
 Pensemos en este tipo de experiencias para acercar a la practica docente, al aula   en este mundo: convulsionado, enrarecido, dudoso... ¿Por qué? Porque LA SONRISA DE UN NIÑO VALE
LA PENA y significa YO SOY, YO PUEDO, YO APRENDO.

 María Alejandra Lazarte


Pórtate Bien...




Comenzaba el mes de marzo y con él el ciclo lectivo, un nuevo desafío, pero este año se presentaba distinto porque era mi primera experiencia en salita de 4 años ( siempre fui seño de salita de 5 años). ¿Qué me depararía este año?.
Estaba en la galería del jardín cuando comenzaron a llegar los pequeños con grandes mochilas y grandes guardapolvos en la mano de las mamis, entre besos y saludos comenzamos a entablar una pequeña relación cuando de repente apareció "Él" ,Pablito, un torbellino de energía abriéndose paso como podía entre los niños y adultos. Su mamá muy nerviosa no sabía como contenerlo, solo atinaba a decirle en todos los tonos posibles "portate bien".
A medida que pasaron los días nos fuimos conociendo cada vez más, entendí que Pablito se portaba bien, se portaba  como era su costumbre, de tratar a los demás como era tratado él.
Todos los días la mamá al dejarlo en el jardín le decía "portate bien"  yo observaba que Pablito trataba de integrarse, quería ser parte del juego pero lo rechazaban aunque era cariñoso y demostrativo ¿Qué esta pasando aquí? me preguntaba.
Una mañana un grupo de mamás de "las nenas" de mi sala me abordaron en la puerta del jardín para hablar conmigo en un tono amable pero preocupadas, varias al mismo tiempo comenzaron a contarme que sus hijas iban todos los días a sus casas con quejas de que Pablito les pegaba patadas, pellizcones, empujones, que ellas sabían como era Pablito por que ya era violento desde el año pasado... Las deje hablar sin interrumpir (ya que los años de experiencia m enseñaron a tener mucha paciencia y sobretodo “ saber escuchar y leer entre líneas)  y cuando  terminaron las acusaciones, las mire fijamente di un paso hacia atrás, respire hondo y respondí, que me sorprendían sus relatos y que Pablito no se sentaba con ninguna nena, ellas no juegaban con él, y que sobre todo lo sucedido el año pasado era otro tema del cual yo no podía opinar por la simple razón que el año anterior no me encontraba en el jardín y que se queden tranquilas que desde ahora iba a observar con mas atención las relaciones entre ellos. Todas mis palabras estaban acompañadas de un tono de vos firme, una mirada franca, una mano en el hombro y sobretodo una sonrisa calma. ( todo esto les dio tranquilidad ,  seguridad y calmo sus  ansiedades )

Todos los días pasaba lo mismo, la mamá al despedirse le decía "portate bien"  y él se portaba igual. Lo observaba al jugar y veía que Pablito corría, gritaba, asustaba, de repente se calmaba y trataba de intervenir en el juego de las nenas. Todo esto en un mundo de gritos, movimientos y risas. Él siempre tratando de llamar la atención con cualquier recurso, y así jugaban todos.
Como estrategia didáctica les propuse diferentes juegos donde el personaje principal rotaba( como el lobo , las ardillas sin casa, etc.) y en forma paralela cite a mamá y papá de Pablito para poder conocer mas sobre él. Apenas les propuse venir al jardín para hablar, la mama me miro con desesperación, al ver esa reacción la tome con firmeza de las manos y con una gran sonrisa le dije “ tranquila vamos a hablar de una personita muy importante para mi, SU HIJO”“.
Gracias a esta reunión me entere que éste niño no jugaba con niños de su edad, que no había niños en su barrio, que jugaba con su tío de 18 años, y con su papá y mamá, que su juego preferido era el futbol (va a la cancha ) y la luchita, que era muy mimado y consentido por toda la familia y que su mamá trabajaba muchas horas.
Les describí como era un día de Pablito en el jardín y la reacción de los demás ante sus gritos , revolcadas , empujones , carreras alocadas etc.
La mamá me miraba angustiada y el papá me  miraba sin entender que era lo extraño del comportamiento de su hijo.
Tranquilice a la mamá resaltando lo bueno de su hijo e hice reaccionar a su papá motivandolos para que cumplieran  el rol de padres y no de hermanos, ni amigos de su hijo. Les sugerí ponerle limites, asumiendo roles de adultos y sobretodo cambiar los juegos diarios por unos más tranquilos, de mesa e ingenio. También les propuse que sería bueno visitar a los compañeritos y pasar más horas con papá y mamá y no jugar a la luchita con el tío.
Pasaron los días y el cambio se notaba en Pablito, ya podía ser parte del juego, su trato con los demás se fue modificando, su trato con los demás era mas tranquilo, ya no gritaba ni daba alaridos ,al jugar respetaba el rol de sus compañeros , etc.
Un día mientras lo miraba jugar de repente comenzó a correr y gritar y se dirigió a mi, abriéndose paso a empujones, me abrazó fuerte, me dió un beso húmedo, me miró y me dijo "te amo seño", lo abrace y le dije -yo también, y sin soltarlo la pregunte “¿Vos te portas bien?” a lo que respondió (con mucha seguridad) “-si” , “¿Por qué?” le pregunte, se alejo unos centímetros de mi cara me miro con sus ojos grandes, negros y profundos y me contesto –“por que apendí” (le cuesta pronunciar la "r") “¿A qué?” le pregunte -con una sonrisa que cubría toda su picara carita dijo “¡¡a jugar!!” y salio corriendo tan rápido como había llegado a mis brazos...
Cuanta razón tenía Pablito, el jugar nos sirve para relacionarnos con el otro, a respetarnos, a aceptar límites, a pensar, a desarrollar estrategias, a cooperar. Nos enseña a "ver" y a "escuchar".El había aprendido a relacionarse con los otros sin perder su esencia , respetando y respetándose.
Tenía mucho en común con "portarte bien"  frase que diariamente escuchaba y le costaba llevar a la práctica, ahora si había encontrado una manera de portarse bien, había aprendido a jugar...
Y por sobre todo no había dejado de ser "MI PABLITO".

MARTA.M
Maestra de sala de 5 ENS Manual Belgrano

Mi olfato y experiencia docente no fallo.



Hoy Leandro es mi alumno, un niño que asiste al jardín desde que tenía 3 años Siempre me llamo la atención su comportamiento. En la iniciación y despedida de cada jornada de
trabajo lo observaba detenidamente.
Leandro nunca formaba con sus compañeros, no cantaba. Siempre se mantenía alejado del grupo
y de la experiencia. Era más bien un niño que siempre estaba aislado, tratando de llamar constantemente la atención.
Corría de un lado a otro, lloraba, se tiraba al piso. Todas las maestras tratando de hacer que Leandro se sumara a las actividades que el resto de los niños realizaba pero sus ganas y esfuerzos eran en vano.
Cuando Leandro estuvo en sala de 4 años, seguía igual. No permanecía en la sala, corría por
la galería, lloraba, daba revolcones en el piso, siempre estaba de mal humor ,las canciones las
acompañaba desde que comenzaban hasta que terminaban con un sonido que emitía ( “auuuuu”).
Las maestras solíamos decir… “ya empieza a aullar”.
 A menudo la maestra lo dejaba en la Dirección  aduciendo la imposibilidad de trabajar con el resto de la clase diciendo.. “Leandro no hace más que molestar y pegar a sus compañeros, arrastra las sillas, las mesas y  así no puedo dar clase”
La maestra de esta sala tampoco pudo con él.
El comportamiento de Leandro en  su paso por las salas de 3 y 4 años no era el más optimo, a mi modo de ver y, con todo esto que guardaba en mi recuerdos y memoria  continuamente me    preguntaba ¿Por qué no seria mío?,  y me decía… Quisiera tenerlo una semana! ...,  Siempre tuve la convicción  y certeza que este niño no hubiera llegado a tener tal comportamiento si yo hubiera sido su maestra.
Se acercaba el fin de año (sala de 4 años), esto significaba que Leandro el próximo año sería mi
alumno como tantas veces anhelé; pero esta vez ya no quería.¿ Habrá sido quizás, ver a mis colegas
que no pudieron revertir ninguna conducta en el?
Desde mi interior deseaba no ser ya su maestra, ya que existía la posibilidad de desempeñarme en
otra función y pensaba además que sería una buena forma de evitar este inconveniente.
Comenzaron las clases, llego el día en que debía hacerme cargo del nuevo grupo de alumnos al
cual Leandro pertenecía.
Recuerdo que al presentarme mi postura fue la de una maestra poco cariñosa o dulce, donde a cada momento resaltaba como debía comportarse los niños que llegaban a esta sala: “A esta sala vienen los niños  más grandes del jardín. Los que se portan bien los que atienden a la Srta., los que quieren aprender, los que no pelean.etc, etc. Si no tendrán que volver a la salita que han estado el año pasado. (Esta conducta adoptada fue solo al comienzo).Con todos estas condiciones, por llamarlo de alguna manera,  que yo había marcado para su permanencia en esta nueva sala, les pregunte si querían estar aquí o volver  a  donde estuvieron el año pasado, lo cual obtuve una respuesta unánime, espontanea y sobre todo segura “NO QUEREMOS VOLVER”. Esta respuesta hizo que propusiera a los niños armar un código de convivencia  para que la permanencia en el jardín y fundamentalmente en la sala sea lo más armoniosa y  placentera posible
A medida que trascurrían los días, note como el grupo iba adquiriendo hábitos de orden, respeto,
disposición al trabajo y especialmente Leandro que paso de ser un niño malhumorado, desobediente, con dificultades para socializar con sus compañeros, alejado de participar de diferentes experiencias grupales, a ser un niño alegre que se relaciona con sus compañeros, y participa de todas las actividades que se le propone; capaz de realizar sus tareas sin intervención de  de la maestra. En una palabra comenzó a disfrutar de la permanencia en el jardín con todo lo que ello implica (formar, cantar las canciones de saludos a las  banderas, al jardín, compartir y  participar de variadas experiencias de aprendizajes.
Al ver ese cambio en Leandro yo me sentí reconfortada con mi trabajo, con más fuerzas y  seguridad para seguir adelante y lograr los objetivos de ver un niño sociable, integrado y aceptado por  el  grupo de pares para realizar no solo algunas actividades, sino todas las que se desarrollan en el jardín.
Creo que la firmeza de mi voz, sumado a sostener mis decisiones, ordenes tales como, permanecer
en la formación, hacerle ver que debemos respetar los símbolos patrios, el no salir de la sala sin el
permiso de la maestra, mas hacer cumplir las pautas de convivencia fijadas en común acuerdo
fueron los recursos y estrategias adecuados que llevo al grupo y, especialmente  a  Leandro, a
cambiar de actitud, ya que siempre sostuve que mas allá de presentar cierta dificultad en el
desarrollo de su lenguaje,  era un niño al que le faltaba marcar los límites sin descuidar sus intereses.
Hoy puedo decir que él es un niño encantador, alegre, que tiene buena relación con las maestras y sus compañeros, que recibo palabras  de elogio de mis colegas por lograr que Leandro demuestre
bienestar, placer y esté  inserto a todas las actividades que se desarrollan en el jardín, logro que
se consiguió con la aceptación del uno por el otro ,el amor ,la paciencia , la firmeza para marcar  y
sostener aquellos limites  que quizás, él de alguna manera reclamaba y las maestras que tuvo no lo
supieron interpretar.

                                                                                                                   NANCY LUNA JUAREZ

lunes, 21 de septiembre de 2009

EL VALIOSO TIEMPO DE LOS MADUROS

“..Conté mis años y descubrí, que tengo menos tiempo para vivir de aquí en adelante, que el que viví hasta ahora...
Me siento como aquel chico que ganó un paquete de golosinas:
las primeras las comió con agrado, pero, cuando percibió que quedaban pocas, comenzó a saborearlas profundamente.
Ya no tengo tiempo para reuniones interminables, donde se discuten estatutos, normas, procedimientos y reglamentos internos, sabiendo que no se va a lograr nada.
Ya no tengo tiempo para soportar absurdas personas que, a pesar de su edad cronológica, no han crecido.
Ya no tengo tiempo para lidiar con mediocridades.
No quiero estar en reuniones donde desfilan egos inflados.
No tolero a maniobreros y ventajeros.
Me molestan los envidiosos, que tratan de desacreditar a los más capaces, para apropiarse de sus lugares, talentos y logros.
Detesto, si soy testigo, de los defectos que genera la lucha por un majestuoso cargo.
Las personas no discuten contenidos, apenas los títulos.
Mi tiempo es escaso como para discutir títulos.
Quiero la esencia, mi alma tiene prisa....... .
Sin muchas golosinas en el paquete...
Quiero vivir al lado de gente humana, muy humana.
Que sepa reír, de sus errores.
Que no se envanezca, con sus triunfos.
Que no se considere electa, antes de hora.
Que no huya, de sus responsabilidades.
Que defienda, la dignidad humana.
Y que desee tan sólo andar del lado de la verdad y la honradez.
Lo esencial es lo que hace que la vida valga la pena.
Quiero rodearme de gente, que sepa tocar el corazón de las personas….
Gente a quien los golpes duros de la vida, le enseñó a crecer con toques suaves en el alma.
Sí…. tengo prisa… por vivir con la intensidad, que solo la madurez puede dar.
Pretendo no desperdiciar parte alguna, de las golosinas que me quedan…
Estoy seguro que serán más exquisitas, que las que hasta ahora he comido.
Mi meta es llegar al final satisfecho y en paz con mis seres queridos y con mi conciencia.
Espero que la tuya sea la misma, porque de cualquier manera llegarás..... "


Mensaje de Mario de Andrade (Poeta, novelista, ensayista y musicólogo brasileño).

viernes, 12 de junio de 2009


Hemos comenzado a trabajar con dos grupos de narradores.
Uno de docentes en funciones y el otro de docentes recien recibidos que darán cuenta de su reciente aprendizaje y de sus ganas de comenzar a trabajar en una escuela.
Pronto podrán leer estos nuevos relatos.

Saludos

martes, 16 de diciembre de 2008

Un ejemplo a seguir: Centro Educativo Isauro Arancibia

Esta no es una narrativa pedagógica, pero me pareció muy enriquecedora. Aprendamos de esta experiencia, de su compromiso y de lo que significa ser docente. Si es posible repliquemos la experiencias.
Extraido de www.lavaca.org

Subido por Pablo Panosetti


Un escuela modelo en peligro
Lecciones de vida

anticopyrightSon 120 chicos que, en su mayoría, viven en las estaciones de trenes de Constitución, Once o Retiro. Están aprendiendo a leer y escribir en el Centro Educativo Isauro Arancibia . Su fundadora es Susana Reyes, una mujer que conoció los campos de concentración de la dictadura y sobrevivió para contarlo. Pero también para hacer algo. “Estos chicos son los desaparecidos de hoy”, dice con la seguridad de quien sabe de qué habla. Ahora, los decentes denuncian que las nuevas autoridades del área amenazan la continuidad del Centro y, especialmente, desconocen a la coordinadora, por lo que se han declarado en estado de alerta. Para dar cuenta de lo que están en juego, reproducimos a continuación la nota que sobre este Centro publicamos en la edición Nº 4 de Mu, nuestro periódico.
¿Qué trabajos conocen?”, preguntó Susana Reyes para comenzar a hablar con sus alumnos sobre el tema de la clase: el mundo laboral. La maestra dividió el pizarrón en dos para anotar las respuestas de los chicos. A la derecha pensaba colocar las tareas productivas y a la izquierda, las vinculadas con los servicios.
La primera respuesta la dio un varón: “Abrir puertas”, dijo. Y propuso que la anoten en la columna de la izquierda, con más dudas que certezas. Una adolescente embarazada agregó: “Pedir”. Y justificó que se trataba de un servicio porque “a la gente le gusta que le pidan”. La tercera respuesta fue aun más difícil de digerir. Un nene de 8 años la lanzó con naturalidad, sin ningún tipo de segundas intenciones:
-Chupar pijas.
-¿Eso es un trabajo? –reaccionó Reyes, como pudo.
-Sí, porque a mí me pagan.
La escena ocurrió hace un tiempo en la escuela Isauro Arancibia, que trabaja con chicos en situación de calle. Allí concurren a diario 140 alumnos de hasta 20 años que van en busca de los conocimientos propios de la escolarización primaria. Casi todos viven en la Estación Constitución, algunos llegan desde Villa Fiorito y unos pocos vienen de hogares de la zona, a los que llegaron tras experimentar la vida encerrados en un instituto de menores.
La escuela nació hace diez años, cuando le encomendaron a Reyes, desde la Dirección de Adultos y Adolescentes del Ministerio de Educación de la Ciudad, abrir un centro de alfabetización en la Central de Trabajadores Argentinos (cta) que tuviera como principales destinatarios a los integrantes del Movimiento de Ocupantes e Inquilinos y de la Asociación de Mujeres Meretrices Argentinas. Convencida de la necesidad de trabajar en red, la maestra se conectó con el Servicio Paz y Justicia (serpaj), que ya contaba con un programa de operadores de calle para contener a los chicos que dormían en Constitución. Así, llegaron al centro de alfabetización los primeros adolescentes: Analía y Luis, que poco a poco fueron acercando a sus amigos.
La alfabetización comenzó a realizarse en la sala de reuniones que el actual diputado Claudio Lozano tenía en su despacho de la cta. Sobre su escritorio, las madres adolescentes cambiaban los pañales a sus hijos. “Tuvimos que comprar un corralito a los bebés para poder darles clases a los padres con cierta tranquilidad. Después de un tiempo conseguimos una madre solidaria para cuidarlos”, recuerda Reyes.
A medida que las clases se sucedían, un chico iba trayendo a otro y muy pronto el lugar quedó apretado de sisa. La cta improvisó un aula en la planta baja de su edificio. No obstante, el espacio siguió siendo insuficiente. Hubo una mudanza a las instalaciones del Movimiento de Ocupantes Inquilinos (moi), pero la cantidad de pibes que se acercaba no paraba de crecer y los maestros comenzaron a soñar con tener un edificio propio.
A esta altura, la escuela exclusivamente trabajaba con chicos que vivían a la intemperie. Las clases, como en todos los centros de alfabetización de adultos, duraban apenas dos horas diarias, pero para alumnos y docentes tenían gusto a poco: “Mientras avanzábamos con el proyecto, nos dimos cuenta de que la escuela les organiza la vida a los chicos. De marzo a diciembre son unos pibes, pero en el verano son otros. ¿Sabés las veces que me llamaron en enero para avisarme que la policía se había llevado a tal o que otro se había muerto? Por eso pensamos: si nosotros éramos los mismos maestros que los del resto de las escuelas, si ganábamos el mismo dinero y pertenecíamos al mismo sistema, ¿por qué estos chicos no podían recibir lo mismo que otros?”, relata Reyes.
Con pocas expectativas, los maestros presentaron un proyecto al Ministerio de Educación porteño que contemplaba la jornada completa. Y, para su sorpresa, cuando estaban haciendo trámites para transformarse en una fundación que les permitiera llevar adelante la idea, se enteraron de que la propuesta había sido aprobada. Desde este año, la jornada escolar es de 9 a 16 y, además de las materias básicas, los chicos cuentan con clases de educación física, teatro, video, computación, electricidad e inglés. “Buscamos un edificio propio, pero no lo conseguimos. Educación nos propuso funcionar en el Instituto de Formación Profesional de la uocra, que tenía espacio ocioso, y acá estamos”, señala Reyes con algo de resignación: “Seguimos pensando en convertirnos en una fundación. No queremos depender todo el tiempo del humor del funcionario de turno”.


El mundo al revés

De pronto, chilla la puerta del aula donde la maestra desgrana la historia. Un par de alumnos se asoman con una manzana en la mano. La docente interrumpe la conversación, levanta la cabeza y les recuerda:
-No se vayan, que hoy a la tarde tienen taller de electricidad.
-¡Bieeennnn! –grita uno de ellos y mira hacia el cielo. Luego, comienza a correr en redondo por uno de los pasillos. Parece el festejo de un gol.
“No sé de qué manera, pero el valor de la escuela se sigue transmitiendo en este país –se maravilla Reyes-; aun en casos como éstos, en los que por ahí los padres jamás la pisaron. Si a veces proponemos charlar sobre algo o mostrar un video, los pibes protestan y quieren tareas formales. ¿Sabés cómo cuidan sus carpetas para que no se manchen? Están orgullosos de ellas. Cuando se recibió la primera promoción, le entregamos diplomas. Al final del acto, los chicos me los devolvían. Me pedían que se los cuide mucho. Claro, ¿dónde los iban a guardar? ¿En Constitución?”.
Por momentos, la escuela parece el mundo al revés. Los alumnos no quieren irse: las clases son a sus vidas lo que el recreo es a cualquier otro colegio. Los que protestan, aunque parezca mentira, son adultos escolarizados. Una vecina, dueña de un comercio, encaró hace unos días a las maestras: “Hasta que vinieron estos chicos de la calle vivíamos tranquilos”, se quejó.
La mujer estaba indignada porque una naranja había explotado contra su ventana y, encima, se había convertido en el blanco de algún que otro insulto. Con la mejor voluntad, Reyes intentó hacer algo de docencia: “No son chicos de la calle, son de todos nosotros. Por ahí tienen 16 años y están en tercer grado, pero están aprendiendo ahora porque no pudieron hacerlo en su momento. Usted se queja porque están en la escuela. ¿Se da cuenta?” La señora no aceptaba razones, gritaba sin escuchar. Cansada, la docente la cortó en seco: “Mire, si estos pibes no vienen a la escuela, van a estar alrededor suyo”.
La vecina no es un caso aislado. Los maestros gestionaron pases libres de subterráneo para que sus alumnos puedan asistir a la cursada. Pero como por ahora tienen certificados provisorios, un policía decidió impedirle el paso a uno. El chico, que sentía la responsabilidad de llegar puntual a clase, se irritó y lo insultó. Y ante la impotencia, la novia –que estaba a su lado- le arrojó una piedra. La historia terminó así: el policía atrapó al pibe y lo aprisionó contra el piso. La novia, asustada, le entregó su bebé al policía a modo de garantía, para que le permitiera ir a buscar a sus maestros: ellos demostrarían que su novio no mentía. Cuando Reyes llegó a Constitución en su auxilio, el pibe aún estaba en el piso y el bebé en brazos del uniformado. “Hay una serie de complicidades sociales para que estos chicos no vayan a la escuela. La vecina no acepta el colegio enfrente de su local, el policía no lo deja viajar y así, el único camino que les queda es seguir en la calle”, denuncia la maestra.
El sistema educativo también parece alimentar este círculo vicioso. Su burocracia se encarga con frecuencia de poner uno y otro obstáculo en el camino. Las planillas que envía Educación, por ejemplo, exigen números de documentos de los alumnos o fechas de nacimiento, datos muchas veces inexistentes o desconocidos por los chicos. Si los maestros planifican una excursión, las autoridades educativas exigen autorizaciones firmadas por madres, padres, tutores o encargados. “No tienen en cuenta la realidad de estos chicos, que parecen adultos: desde los cinco años se generan su propio sustento. Todo el tiempo me hacen actuaciones por tener los registros incompletos. ¿Qué me están diciendo? Que no los deje venir a la escuela”, se indigna Reyes.


“No me dejen afuera”

Reyes comenzó alfabetizando en los años 70, mientras estudiaba en el Normal 9 de Corrientes y Callao. Tenía una compañera que vivía en un inquilinato (María Rosa Lincon, asesinada por la dictadura militar en lo que se conoció como la Masacre de Fátima) y empezó a acompañarla para enseñar a leer y a escribir a sus vecinos. Pronto se incorporó a una unidad básica alineada con Montoneros y, mientras estaba embarazada, fue secuestrada en junio de 1977 por un grupo de tareas. La llevaron al centro clandestino de detención llamado El Vesubio, en Camino de Cintura y General Paz, donde también trasladaron a su pareja. Estuvo desaparecida durante tres meses y luego recuperó la libertad. Pero nunca más tuvo noticias de su compañero. “Ser sobreviviente es un peso. Nunca te alcanza lo que hacés para justificar tu existencia”, confiesa mientras intenta vincular su trabajo actual con aquella militancia.
Cuando comenzó con este proyecto, Reyes iba a despertar a los chicos que dormían en la Estación para que no se perdieran las clases. “Los veía tirados, en los pasillos angostos y largos, y me hacían recordar a mis compañeros detenidos, cuando estaban engrillados en las cuchas”, cuenta mientras sus brazos dibujan en el aire la escenografía que describe. Después concluye: “Estos chicos son los desaparecidos de hoy: todos saben de su existencia pero nadie los ve”.
La impronta de Reyes se respira a cada paso en esta escuela bautizada con el nombre de Isauro Arancibia, un sindicalista docente tucumano que desapareció el 24 de marzo de 1976. Cuenta la historia que era un maestro pobre, que estaba en huelga porque no le pagaban y que iba descalzo porque no tenía ni para zapatos. El día del último golpe de Estado por fin recibió los salarios atrasados y lo primero que hizo fue ir a la zapatería. Esa misma noche lo fusiló un grupo de tareas y después... le robaron los zapatos. La clase inaugural de cada ciclo lectivo consiste en conocer el derrotero de este docente.
Pero ahora un maestro está dando clase de Matemática y escribe un problema sobre el pizarrón verde: “Julio Jorge López está desaparecido desde hace siete meses, ¿cuántos días hace que está desaparecido? ¿Cuántas horas?” Los chicos bajan sus cabezas y copian. En un silencio que aturde comienzan a resolver en sus carpetas. Los alumnos, cuentan los maestros, disfrutan mucho más del trabajo solitario que de la elaboración colectiva. “Tal vez –arriesga Reyes- estén cansados de pasar la vida en ranchadas y éste sea su único momento de intimidad, la única oportunidad para encontrarse con ellos mismos.”
En el aula abundan las gorras raperas, los tatuajes y las cabelleras teñidas de amarillo y rojo furioso. También sobresalen los teléfonos celulares y las zapatillas Nike. “Se los consiguen como pueden, y como saben”, dice la coordinadora con una mirada cómplice. “Lo hacen –agrega- por la necesidad de pertenecer, esas cosas son la tarjeta de entrada para esta sociedad. Es su manera de decir: ´No me dejen afuera´.”
Las puertas y los bancos están llenos de graffiti que pregonan amor y pasión. Y numerosas panzas embarazadas se desparraman en los pupitres. Las hay incipientes y también a punto de estallar. O, mejor dicho, de parir. En la planta baja del edificio funciona una improvisada guardería maternal que cobija a unos 20 bebés. “Al principio, los nenes estaban con sus madres, pero era imposible lograr que se concentraran y dar clase. Como Educación no nos manda maestra jardinera, una de nosotras los cuida mientras las madres estudian”, explica Nilda Rendo, otra de las docentes, que acaba de llegar a la improvisada guardería. Pero los cambios permanentes de adultos referentes no termina de dejar tranquilos a los nenes. Por eso, Milagros resuelve el problema de Matemática mientras le da la teta a Priscila, su hija de veinte meses.


Penitencias y conclusiones

La cursada necesariamente es familiar: clanes enteros concurren a la escuela. Y con demasiada frecuencia trasladan su cotidianidad a las aulas. Una mañana, los gritos desencajados paralizaron a docentes y alumnos. Un adolescente había encerrado a su pareja en el baño. “La molió a palos”, sintetiza Reyes. Los maestros llevaron el tema al debate en clase, con la expectativa de lograr la autodisciplina. Sin embargo, se encontraron –una vez más- con una sorpresa: “A los chicos no les parecía mal lo que pasó, decían que la chica se lo merecía porque había estado con otro, la acusaban de ´putita´. Ahí cortamos el debate, les dijimos que estaban haciendo lo mismo que la policía hacía con ellos”.
Las sanciones en la escuela Isauro Arancibia son distintas a las de cualquier institución: aquí no existen las suspensiones. “No podemos dejarlos afuera una vez más”, argumenta Reyes. “Cuando se produce un hecho de gravedad, lo que hacemos es que en vez de asistir a clase, van esas horas a reflexionar con las trabajadores sociales o las psicólogas que trabajan en la escuela hasta sacar conclusiones sobre lo que pasó.”
Uno de los últimos de los que atravesaron esta experiencia fue Fumanchú, un pibe que se ganó ese apodo el primer día de este ciclo lectivo. Y no precisamente por sus habilidades con la magia: el chico entró al aula con cierta arrogancia, fumando marihuana y con los ojos rojos. Por orden de los docentes tuvo que salir inmediatamente del salón. “No nos metemos con lo que los pibes hacen afuera. Pero está claro que en la escuela no se puede hacer lo mismo que en la calle. No es fácil. Acá han venido algunos armados porque, como ellos dicen, ´después de clase se tienen que ir a trabajar´. Nosotros les decimos que se cuiden, que la policía está esperando que pisen el palito para matarlos. No se trata de dar sermones morales, si no de entender la función de la escuela. A Fumanchú le explicamos que así, fumado, no había manera de aprovechar la clase. Ese día se fue, pero después volvió.”


Clases de amor

“Hola”, saluda casi sin modular un púber longilíneo, con tanta cara de nene como de dormido. Son las 11.30 y acaba de entrar al aula.
“¡Qué suerte! Llegaste para aprovechar media hora de la mañana. Ojalá la próxima puedas venir antes”, responde la maestra. Más tarde explicará: “Acá hay chicos que a la noche cartonean y se acuestan a las 5 de la mañana, les cuesta mucho cumplir con el horario, pero hacen el esfuerzo”.
Reyes repasa una y otra historia de sus alumnos. Confiesa que lo que más le cuesta superar son las situaciones de prostitución infantil. “Hoy ni siquiera les pagan, lo arreglan todo con un poco de paco”, dice y se explaya: “El otro día me dijeron: ´Mirá a esa nena –la hija de 5 años de una alumna que está muy dada vuelta- la están mandando...´.” La maestra reproduce literalmente la frase que escuchó y deja la oración inconclusa, como si no soportara terminarla. Un rato antes, había comentado que hace unos años atrás había querido investigar el tema y descubrió a los que le conseguían los clientes a uno de los chicos. Pero hoy, subraya, la actitud es otra: “Nuestra tarea termina en las paredes de la escuela. Les advertimos de los peligros, pero si nos metemos, después las represalias son contra ellos”.
Los ojos de la maestra se ponen vidriosos. Tiene que respirar hondo para continuar. Revela que está gestionando que los docentes también tengan asistencia y contención psicológica: en esta escuela las emociones fuertes se cuelan a cada rato. En los últimos tiempos, por ejemplo, fallecieron tres bebés que se enredaron con las frazadas que compartían con sus madres. Y el año pasado, mataron a Luis, el primer alumno de la Isauro Arancibia (su mujer todavía asiste a clase). Fue por un ajuste de cuentas, apenas había salido de la cárcel. “No tenemos ninguna fórmula para elaborar estas situaciones –reconoce-. Hacemos lo que podemos, para nosotros es como si se muriera un amigo”.
Los afectos que se tejen entre tizas y carpetas son intensos. En buena parte por la desolación exterior, pero también por el compromiso y la propuesta docente. No parece azaroso que las cartas de amor sean uno de los recursos escogidos por los maestros para llevar adelante el programa escolar. La correspondencia entre Malinche y Hernán Cortés se utiliza para hablar de la conquista de América y la de Mariano Moreno y María Guadalupe Cuenca se emplea para estudiar la independencia argentina. María del Pilar, la canción de Teresa Parodi que cuenta la historia de una mujer cuyo novio fue desaparecido, fue el disparador para la clase sobre el golpe de Estado.
Después de Matemática llega la clase de Ciencias Sociales. El profesor reparte unas impresiones de Internet que explican por qué se conmemora el Día del Trabajador. El texto advierte que los desocupados también deben sentirse comprendidos y que de ninguna manera debe llamarse a la jornada Día del Trabajo. La propuesta consiste en reunirse en pequeños grupos, leer en voz alta, y marcar las ideas principales. Un chico se hace el distraído para no leer. Se esconde dentro de la capucha de su buzo y el maestro lo caza al vuelo:
-¿Por qué no querés leer?
-Porque me da vergüenza –susurra el chico después de muchas evasivas.
-Es importante poder leer en voz alta para comunicarnos, para que podamos expresar lo que pensamos. ¿Cómo vas a hacer si le escribís una carta de amor a una chica que te gusta? –intenta motivarlo el maestro. El chico se sonroja, tira un cabezazo al aire mordiéndose los dientes, y comienza a leer.


Cumpleaños callejero

Una mañana del año pasado, Oscar llegó a clase con un pilón de tarjetas de cumpleaños. Tenían impresas el dibujo de Barney y la frase “Te invito a mi fiestita”. Con su desprolija letra, recién aprendida, había completado fecha, hora y lugar de la cita: “2 de mayo. 20 horas. Jol de Constitución”.
“Generalmente festejamos los cumpleaños en la escuela –explica Reyes-, pero él quería hacerlo en su lugar. Nos pareció muy bien, porque Constitución es para ellos el lugar del bardo. Nosotros buscamos resignificarlo. Ahora que comenzamos los talleres de radio, queremos que más adelante realicen ahí transmisiones abiertas para que los pibes digan lo que tienen para decir. También pensamos que pueden formar un equipo que represente a la Estación en el Campeonato de Fútbol Callejero.”
El día de su cumpleaños, Oscar faltó a clase. Los maestros pensaron que tal vez era porque estaba organizando su fiesta. Compraron una torta y a la noche fueron a visitarlo. Lo encontraron dormitando en una escalinata. “Lo despertamos y le preguntamos: ¿Y la fiesta?” El homenajeado se había olvidado. Pero se levantó de un salto y corrió a pedirle prestado a una verdulera dos cajones destartalados e improvisó una mesa. Consiguió vasos descartables en los bares de la Estación y unas mujeres que piden limosna aportaron gaseosas. Sus amigos se acercaron, formaron una ronda en torno suyo, y comenzaron a cantarle el Felíz Cumpleaños. El agasajado pidió en silencio tres deseos que jamás confesó, respiró hondo y sopló. Esperó que todos terminaran de aplaudir y gritó: “Los quiero mucho a todos”. Y a continuación, Oscar desentonó Usted, de Diego Torres: “No olvide que la quiero / no quiera que la olvide...”
La felicidad de Oscar no duró mucho. Un mes después, una mujer denunció que el chico intentó manosearla en un tren repleto. Los severos problemas de motricidad del chico convertían en improbable la teoría del abuso. Sin embargo, fue derivado por la justicia a la Unidad 20 del Borda. Las intensas gestiones de sus maestros y de los operadores de calle de Constitución permitieron que a fines del año pasado fuera trasladado a una escuela de oficios sobre la Ruta 6, camino a la La Pampa. Allí, ahora hornea pan para los poblados de la zona.
¿Cuál es la medida del éxito en esta escuela? Reyes contesta en nombre de una docena de maestros, una auxiliar y un puñado de profesores especiales: “Esto es como la utopía de Gelman, das dos pasos adelante y te alejás otros dos”, dice. Piensa un poco y agrega: “El solo hecho de venir cada mañana y ver que 120 pibes están 8 horas expresándose artísticamente, que expresan cariño, que acceden a un lugar que se merecen, eso ya es reconfortante. Después, aparte, tenés los chicos que se pueden integrar a algún proyecto productivo, como los que están elaborando alimentos en la cooperativa La Cacerola, que funciona en la Facultad de Filosofía y Letras”.
Sobre un papel afiche azul, a espaldas de Reyes, un montón de fotos muestran a los alumnos riendo a carcajadas con un paisaje serrano de fondo. Todos los años, la escuela prepara un viaje de fin de curso a Córdoba. Organizan festivales para recaudar fondos que les permitan solventar la aventura y una vez allí duermen en los hoteles de turismo social. Para los alumnos es una experiencia única: se bañan con agua caliente, duermen con sábanas almidonadas, les sirven la comida, van al cine y también a bailar. “La pasamos bárbaro –subraya-. Cuando viajan los chicos de clase media hacen un kilombo tremendo, pero como la vida de estos chicos ya es un kilombo, cuando encuentran un espacio con límites, amor y afecto se vuelven muy respetuosos. Una vez, una chica encontró un billete de cien pesos, vino y me dijo: `Susana, esto tiene que ser tuyo`. Y sí, se me había caído del bolsillo.”
De repente, se escucha una multitud de pasos cansados arrastrándose por los mosaicos. El barullo retumba en el hueco de la escalera y se hace difícil escuchar a Reyes. Ya no hay carpetas en los pupitres, se terminó el recreo. O, mejor dicho, la clase. Los alumnos, a pesar de sus deseos, deben volver a la calle.